Strábon
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CAPÍTULO 4 (continuación):


11. La vertiente ibérica del Pyréne tiene hermosos bosques de árboles de todas las especies, singularmente de hoja perenne. La vertiente céltica está desnuda; pero las zonas centrales contienen valles perfectamente habitables. La mayoría de ellos están ocupados por los kerretanoí(258), pueblo de estirpe ibérica, entre los que se hacen excelentes jamones, comparables a los cantábricos, lo que proporciona ingresos no pequeños a sus habitantes.

12. Más allá de la Idoúbeda comienza inmediatamente la Keltibería, región amplia y de vario aspecto, pero cuya mayor parte es áspera y está regada por ríos. Por ella cruzan, en efecto, el Ánas y el Tágos y una serie de otras corrientes, la mayor parte de las cuales van a dar en el Mar Occidental, tras surgir de la [Kelt]ibería; entre ellas está el Doúrios, que pasa cerca de Nomantía y de Sergontía(259). El Baítis, que tiene sus fuentes en la Orospéda, atraviesa la Oretanía, fluyendo hacia la Baitiké. Al norte de los keltíberes, lindando con los kántabroi-konískoi(260), habitan los bérones, nacidos también de la emigración céltica, y cuya ciudad principal es Ouáreia(261), sita junto a un puente que cruza el Íber; confinan también con los bardyétai, a los cuales se les llama hoy bardoúloi(262). Hacia el Oeste habitan algunas tribus de los ástyres(177), de los kallaikoí y de los ouakkaíoi, así como también parte de los ouéttenes y karpetanoí. Por la parte meridional están los oretanoí y todos aquellos pueblos que habitan la Orospéda(243); es decir, los bastetanoí y edetanoí. Hacia el Este se halla la Idoúbeda(242).

13. De las cuatro naciones en que están dividados los keltíberes, la más poderosa es la de los arouákoi(263), que habitan la región oriental y meridional y son limítrofes con los karpetanoí y vecinos de las fuentes del Tágos. La más famosa de sus ciudades es Nomantía, cuya virtud se mostró en la guerra de veinte años que sostuvieron los keltíberes contra los rhomaíoi; luego de haber destruido varios ejércitos con sus jefes, los nomantínoi, encerrados tras sus murallas, terminaron por dejarse morir de hambre, a excepción de los pocos que rindieron la plaza(264). Los loúsones(265), que pueblan la parte oriental, confinan también con las fuentes del Tágos. De los arouákoi son las ciudades de Segéda y de Pallantía(266). Nomantía dista unos ochocientos stadios(267) de Kaisaraugoústa que, como hemos ya dicho, se alza en la orilla del Íber. Tanto Segobríga como Bílbilis(268) son ciudades de los keltíberes; en los alrededores de la última lucharon Métellos y Sertórios. Polýbios, al hablar de los pueblos ouakkaíoi y keltíberes y de las localidades que les pertenecen, cita, entre otras ciudades, las de Segesáma e Interkatía(269). Poseidónios dice que Márkos Markéllos pudo sacar de la Keltibería un tributo de seiscientos "tálanta"(108), de lo que se puede deducir que los keltíberes eran muchos y dueños de abundantes bienes, aunque habitasen en una región tan poco fértil; pero también censura la afirmación de Polýbios, según el cual Tibérios Grákchos, dando el nombre de ciudades a simples torres, como se suele hacer en las pompas triunfales. Bien pudiera ser que tuviese razón, porque tanto los generales como los historiadores se dejan llevar a menudo a este género de mentiras, embelleciendo los hechos; así me parece que los que han contado más de mil ciudades en Ibería, lo han hecho por haber dado el nombre de ciudades a aldeas grandes, pues la naturaleza del país no es apta para dar vida a un gran número de ciudades, siendo como es sumamente mísera, de una situación excéntrica y de un aspecto inclulto; por otra parte, ni el género de vida de sus habitantes ni sus actividades (excepto, naturalmente, las ciudades sitas sobre la costa de Nuestro Mar) dan pie para ello. Los pobladores de las aldeas son salvajes y así son también la mayoría de los íberes; las ciudades mismas no pueden ejercer su influjo civilizador cuando la mayor parte de la población habita los bosques y amenaza la tranquilidad de sus vecinos(270).

14. Tras los keltíberes, y en dirección Sur, siguen los pueblos que habitan la Orospéda y las tierras que baña el Soúkron(224). Estos pueblos son: los edetanoí(202), hasta Karchedón, y los bastetanoí y oretanoí, hasta cerca de Málaka.

15. Los íberes, en sus guerras, han combatido, pudiéramos decir, como "peltastaí"(271), porque luchando al modo de bandoleros, iban armados a la ligera y llevaban sólo, como hemos dicho de los lysitanoí, jabalina, honda y espada. La infantería llevaba también mezcladas fuerzas de caballería; los caballos están habituados a escalar montañas y a flexionar rápidamente las manos a una orden dada en momento portuno. Ibería produce un gran número de rebecos y de caballos salvajes; en sus lagunas abundan también las aves, como cisnes y otras especies análogas, o como avutardas, que son muy numerosas. Los ríos crían castores; pero el castóreo de Ibería no tiene las mismas excelencias que el póntico, pues las propiedades medicinales no se hallan sin en el póntico, como acaece en otras muchas cosas más. Así, Poseidónios dice que el cobre chipriota es el único que da la piedra cadmía, el vitriolo azul y el "spóndion". Poseidónios añade, empero, que es sólo cosa propia de Ibería que las cornejas no sean negras, y que el pelo de los caballos de los keltíberes, que es atabanado, cambie de color al llegar a las zonas costeras de Ibería; agrega que se parecen a los caballos párticos, teniendo incluso mucha más velocidad y una más bella carrera(272).

16. Las raíces tintóreas abundan; el olivo, la vid(105), la higuera y otras plantas semejantes crecen cuantiosas en las costas ibéricas que bordean Nuestro Mar, y también en las del Exterior. En cambio, las costas septentrionales ribereñas del Océano carecen de ellas a causa del frío; en el resto del litoral faltan, más que por negligencia de los hobmres, que viven sin preocupaciones, porque dejan transcurrir su vida sin más apetencia que lo imprescindible y la satisfacción de sus instintos brutales. Si no se quiere interpretar como un regimen confortante de vida el que e laven con los orines guardados durante algún tiempo en cisternas, y que tanto los hombres como las mujeres de estos pueblos se froten los dientes con ellos, como hacen, según dicen, los kántabroi y sus vecinos. Esto, y el dormir en el suelo, en común, es propio de los íberes y de los keltoí(273). Según ciertos autores, los kallaikoí son ateos(274); mas no así los keltíberes y los otros pueblos que lindan con ellos por el Norte, todos los cuales tienen cierta divinidad innominada, a la que, en las noches de Luna llena, las familias rinden culto danzando, hasta el amanecer, ante las puertas de sus casas. Los ouéttones, que fueron los primeros que compartieron con los rhomaíoi la vida de campamento, viendo una vez a ciertos centuriones ir y venir en la guardia, como paseándose, creyeron que se habían vuelto locos y quisieron llevárselos a sus tiendas, pues no concebían otra actitud que la de estar tranquilamente sentados o la de combatir(275).

17. También podrían tenerse como formas bárbaras los ornamentos de algunas mujeres, ornamentos que describe Artemídoros(18). En ciertas regiones -dice- llevan collares de hierro con garfios que se doblan sobre la cabeza, saliendo mucho por delante de la frente; en estos garfios pueden, a voluntad, bajar el velo, que al desplegarlo por delante sombrea el rostro, lo que tienen por cosa de adorno. En otros lugares se tocan con un "tympánion" redondeado por la parte de la nuca y ceñido a la cabeza por la parte de las orejas, el cual disminuye poco a poco de altura y anchura. Otras se depilan la parte alta de la cabeza, de modo que resulta más brillante que la frente. Finalmente, otras se ciñen a la cabeza una pequeña columnilla de un pie de altura, alrededor de la cual enrollan sus cabellos, que luego cubren con un manto negro(276). Junto a estas extrañas costumbres, se han visto y se han dicho muchas cosas acerca de todos los pueblos ibéricos en general, y en particular de los septentrionales, y no sólo sobre su bravura, sino también sobre su dureza y su rabia bestial. Se cuenta, por ejemplo, que en las guerras de los kántabroi, las madres mataron a sus hijos antes de permitir cayesen en manos de sus enemigos. Un muchacho cuyos padres y hermanos habían sido hechos prisioneros y estaban atados, mató a todos por orden de su padre con un hierro del que se había apoderado. Una mujer mató a sus compañeras de prisión. Un prisionero que estaba entre guardianes embriagados, precipitóse en la hoguera. Todos estos rasgos se cuentan también de los pueblos keltikoí, thrákioi y skýthai; como es cosa común entre ellos, la valentía, no sólo en los hombres, sino también en las mujeres(277). Éstas cultivan la tierra; apenas han dado a luz, ceden el lecho a sus maridos y los cuidan(278). Con frecuencia paren en plena labor, y lavan al recién nacido inclinándose sobre la corriente de un arroyo, envolviéndole luego. Dice Poseidónios que en la nación ligura oyó referir a un cierto Charmóleos, ciudadano massalliota, huésped suyo, que habiendo tomado para cavar un campo a hombres y mujeres a jornal, una de éstas, que había sentido los anuncios del parto, por no perder el salario, se apartó cerca del lugar donde trabajaba, dio a luz y se volvió al punto a su tarea. [Charmóleos] se dio cuenta de que trabajaba con dificultad; pero no sospechaba la causa, hasta que lo supo luego de la jornada, y entonces la pagó y la despidió. Ella llevó al niño a la fuente, lo lavó, lo envolvió en lo que tenía y lo llevó a su casa salvo(279).

18. No es costumbre privativa de los íberes la de montar dos en un mismo caballo, de los cuales uno, llegado el momento del combate, lucha como peón. Ni tampoco es cosa exclusiva de ellos la plaga de ratas y las enfermedades epidémicas que por lo regular las siguen. Esto fue lo que advino a los rhomaíoi en Kantabría; hasta tal punto, que hubieron de dar a aquellos que las capturasen una prima a tenor del número de ratas presentadas, y aun así escaparon del peligro difícilmente. Ocurrióles también escasez de otras cosas, principalmente de trigo, teniendo que proveerse del de la Akyitanía(257), lo que se hacía penosamente por las dificultades del terreno. Se cuenta también de los kántabroi este rasgo de loco heroísmo: que habiendo sido crucificados ciertos prisioneros, murieron entonando himnos de victoria(280). Tales rasgos denotan cierto salvajismo en sus costumbres; mas otros, sin ser propiamente civilizados, no son, sin embargo, salvajes. Así, entre los kántabroi es el hombre quien dota a la mujer, y son las mujeres las que heredan y las que se preocupan de casar a sus hermanos; esto constituye una especie de "gynaikokratía#281"(281), régimen que no es ciertamente civilizado. Costumbre ibérica es también la de llevar un veneno obtenido de cierta planta parecida al apio y que mata sin dolor, con lo que tienen un remedio siempre pornto contra los acontecimientos imprevistos(282); igualmente es costumbre suya el de consagrarse a aquellos a quienes se unen, hasta sufrir la muerte por ellos(283).

19. Como he dicho, esta tierra la dividen algunos en cuatro partes; otros cuentan cinco divisiones. Pero a este respecto nada es posible precisar a causa de los cambios advenidos en ellos y de la falta de renombre de los lugares. En regiones bien conocidas y famosas se pueden saber los movimientos de población, las divisiones territoriales, los cambios de nombre y otras circunstancias análogas, porque de ello puede informarse mucha gente, principalmente los héllenes. Mas cuando se trata de regiones bárbaras y lejanas, pequeñas y subdivididas, los informes son ya poco seguros y escasos, y la ignorancia sobre ellas se acrece tanto más cuanto más lejanas están de los héllenes. Es cierto que los escritores romanos imitan a los griegos; pero no lo logran en mucho: traducen lo que han dicho los héllenes, sin mostrar por sí mismos una curiosidad muy despierta. Así, resulta que cuando faltan aquéllos, los otros no llenan el vacío. Por lo demás, la mayoría de los nombres geográficos en uso son de origen griego. Con el nombre de Ibería, por ejemplo, los antiguos [griegos] designaron todo el país, a partir del Rhodanós(284) y del isthmo que comprenden los golfos galáticos(448); mientras que los de hoy día colocan su límite en el Pyréne, y dicen que as designaciones de Ibería e Hispanía son sinónimas. Según otros, el nombre de Ibería no designó más que la región de la parte de acá del Íber, a cuyos habitantes, en un principio, llamaban iglétes(285) y ocupaban una región pequeña, al decir de Asklepiádes el Myrleanós. Los rhomaíoi han designado a la región entera indiferentemente con los nombre de Ibería e Hispanía, y a sus partes las han llamado ulterior y citerior, reservándose el modificarla aún si las circunstancias exigiesen una nueva división administrativa(286).

20. En este tiempo se han distribuido las provincias entre el pueblo y el Senado, por una parte, y el príncipe, por otra. La Baitiké se ha atribuido al pueblo, enviándose a ella un "praetor" asistido por un "quaestor" y un "legatus". Su límite oriental pasa por las cercanías de Kastoulón(88). El resto [de Ibería] pertenece al Kaísar, que envía en su representación dos "legati": el uno "praetorianus" y el otro "consularis". El "praetorianus", que se halla asistido, a su vez, por un "legatus", está encargado de administrar justicia a los lysitanoí, es decir, a la población comprendida entre las fronteras de la Baitiké y el curso del Doúrios hasta su desembocadura, porque toda esta parte ha recibido el mismo nombre y comprende también a Augoústa Emeríta(287). Todo lo que ahora está fuera de ella [de la Lysitanía], que es la mayor parte de Ibería, se halla bajo la autoridad del "legatus consularis", que dispone de fuerzas considerables: unas tres legiones(288) y tres "legati". Uno de ellos, a la cabeza de dos legiones, vigila toda la zona situada al otro lado del Doúrios, hacia el Norte, a cuyos habitantes se les llamaba antes lysitanoí, mas hoy día se les cita como kallaikoí(289); dentro de esta región se incluye la parte septentrional, con los ástyres y los kántabroi. A través de los ástyres fluye el río Mélsos; un poco más lejos está la ciudad de Noíga, y después, muy cerca de ella, una abra del Océano, que señala la separación entre los ástyres y los kántabroi(290). Toda la longitud de la cordillera, hasta el Pyréne, está bajo la inspección del segundo legado y de la otra legión. El tercero tiene a su cargo el interior de esta comarca, incluso a los que ahora llaman "togátoi", por ser gentes casi pacificadas, que parecen haber adquirido con la blanca vestidura el aire civilizado y hasta el tipo itálicos. Éstos son los keltíberes y los pueblos que residen en ambas orrillas del Íber, hasta la zona costera(291). El mismo "praefectus" reside, durante el invierno, en la región marítima, principalmente en Karchedón y en Tarrákon(292), en las que administra justicia; durante el verano recorre la provincia en viaje de inspección, enmendando los errores. Hay también procuradores del Kaísar elegidos entre los équites y encargados de distribuir a las tropas lo necesario para su mantenimiento.
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