Strábon -Introducción: El conocimiento de España como entidad geográfica dentro del ámbito del orbe antiguo, dentro de la "oikouméne"(oikoumenh), como llamaban los griegos al mundo que sabían habitado, fue un proceso lento, difícil, que experimentó eclipses parciales, retrocesos periódicos y transformaciones de tipo legendario. A ello contribuyó no poco el hecho de formar la Península parte del más lejano Occidente y estar, por tanto, muy separada del foco clásico de la cultura antigua. Pero no contribuyó en menor grado a este lento y retardado conocimiento la interferencia histórica de un pueblo que, como el púnico, sirvió durante casi toda la Antigüedad de pantalla opaca que impidió que las luces griegas llegasen a iluminar clara y nítidamente estas apartadas regiones de la "oikouméne".
Durante toda la Antigüedad obsérvase un forcejeo intenso por parte de los griegos para llegar a una incorporación económica de las tierras del lejano Occidente al círculo de sus intereses. Pero como contrarresto de esta tendencia, alzóse siempre la de los púnicos, interesada, por su parte, en mantenerlas dentro de sus dominios comerciales. Llevábanles de ventaja éstos a aquéllos no sólo la primacía en el intento y el éxito, sino la mayor proximidad.
Gádir, fundada por los fenicios hacia el año 1000 antes de J. C., aproximadamente, fue un hito importantísimo clavado por los púnicos unos 200 o 300 años antes que sus rivales comenzasen a interesarse por nuestro lejano mercado de Carthago, hija y heredera de las metrópolis fenicias orientales, fue, desde muy temprano, el centro de gravedad de los intereses púnicos en Occidente, sujetando en sus manos, por su mayor proximidad, aquellos emporios creados bajo su directa y fuerte vigilancia en los confines del mundo entonces conocido.
En general, estamos muy mal informados de todo lo referente al concepto que tanto griegos como púnicos tuvieron en un principio de la Península Ibérica desde un punto de mira físico y geográfico. El interés científico, si lo había, jugaba entonces un papel ciertamente secundario, siendo sobre todo los de orden económico los que estuvieron siempre en primer plano. Pero como esta clase de intereses determinaron, como consecuencia inmediata, el conocimiento más perfecto posible del país o las tierras objeto de explotación o comercio, no cabe duda que por lo menos ciertos aspectos geográficos de la Península hubieron de ser bien conocidos en épocas todavía tempranas, tanto por unos como por otros. De esto hay que deducir que los navegantes y comerciantes carthagineses tuvieron que conocer ya de antiguo el aspecto físico de gran parte del litoral peninsular y de las tierras del interior, principalmente las andaluzas, con las qeu sostuvieron un activo comercio por medio de sus factorías. Los hallazgos arqueológicos advenidos en distintos puntos del Mediodía y Baleares, y el origen de las numerosas fuerzas mercenarias reclutadas para sus guerras en Cerdeña, Sicilia e Italia, en estas mismas regiones peninsulares o isleñas, pueden servirnos de mucho para calcular el área geográfica de sus iontereses. Las costas atlánticas hubieron de conocerlas también en gran extensión, pues monopolizando el mercado de minerales de Occidente, cuyo centro fue de siglos atrás Tartessós, supieron de los indígenas los secretos de su navegación, tanto hacia el Norte (Galicia, Bretaña) como hacia el Sur (costas de Marruecos y del Sahara e islas Canarias). Los dos viajes de Hannón e Himilkón, aunque en forma imprecisa y vaga, dan pruebas de ello.
Sin embargo, es de todos sabido que de fuente púnica no ha llegado a nosotros nada importante que nos ilustre sobre la Geografía antigua de la Península. Sería cometer un error histórico el juzgar por ello que los púnicos nos ignoraron en este doble aspecto geográfico y etnográfico. Entre los carthagineses hubo de haber una literatura geográfico-comercial, en forma de roteros o periplos (similares a los griegos), destinada a facilitar la navegación por las tierras costeras de su imperio comercial y el trato con los pueblos de su próximo interior. Pero la fatalidad de los hechos ha dado lugar a que la herencia cultural de Occidente esté vinculada casi exclusivamente a transmisiones griegas y latinas, las cuales no recogen, salvo rarísimos casos, nada o casi nada del patrimonio científico, de orden práctico, acumulado durante siglos por los navegantes y comerciantes púnicos. La distancia espiritual que separó al mundo griego del púnico, y las dificultades del idioma y la escritura, disculpan y explican la ignorancia casi total que los griegos tuvieron de aquellos textos de carácter geográfico, fenicios o carthagineses, que hoy podrían arrojar chorros de luz sobre nuestra Península en la Antigüedad. Estamos, pues, parcialmente informados y fáltanos para aquellos tiempos un núcleo de noticias tan importante como el púnico. Los periplos de Hannón e Himilkón, ya citados, son insuficientes y nos hacen pensar en aquella nutrida biblioteca de textos y literatura púnicos que logró reunir en el S.I antes de J. C. el sabio y erudito rey Iuba de Mauritania, o en aquel otro cúmulo de materiales que hacia el año 100 d. J. C. tuvo a la vista el gran geógrafo judío Marínos de Týros en Fenicia para componer su mapa del orbe, al que tanto debe Ptolemaíos.
En amplios rasgos se puede decir que a un período primero, datable en el siglo VI y parte del V antes de J. C., fechas en las que los textos griegos reflejan un conocimiento bastante exacto de la configuración costera de la Península, incluso su carácter de tal (lo que implica haber recorrido o haber recogido al menos noticias de la región atlántica), sucede un período largo que abarca parte del siglo V, el IV y el III, en que las noticias de la Península son vagas y a menudo falsas. Éphoros, Tímaios, Dikaíarchos, Eratosthénes y otros, juzgando por los fragmentos de ellos llegados o por el juicio que merecieron, por ejemplo, de Strábon, son los principales representantes de este lapsus de tiempo en el que los informes griegos sobre España son escasos o carecen de veracidad.
La culpa hay que verla en el hecho paralelo de ser esta misma época la más vacía en nomnbres de viajeros griegos que llegaron a estar de hecho en la Península. Tras este período de relativa esterilidad, sucede a fines del siglo III antes de J. C. la conquista romana de España, y es desde entonces cuando el dominio total de la Península por las armas itálicas permite una mayor facilidad para viajar, por ser mayor la seguridad de las tierras y de los mares; únese a ello la preparación y curiosidad científica de los sabios helenísticos, que entonces tienen en Roma un punto fijo de actividades o un lugar cómodo de tránsito, y la presencia de grandes ejércitos de ocupación en el interior de las tierras, todo lo cual facilitaba grandemente los viajes y la investigación de los homnbres de ciencia ansiosos de saber nuevas cosas y de rectificar pasados errores (según conceptos tomados del mismo Polýbios;).
Hasta entonces, quiero decir hasta la conquista romana (fines del siglo III), los escritores griegos sólo sabían de la Península, en el mejor de los casos, sus accidentes costeros más importantes y aquellos escasos informes que sobre los pueblos del litoral podíanse recoger en los puertos de boca de los negociantes, marineros, viandantes o aventureros de toda clase. Pero desde que los ejércitos romanos, y tras ellos los sabios griegos, puedieron penetrar en el interior de España, el conocimiento de la Península se fue completando con la exploración de las más apartadas regiones. Este progreso fue extendiéndose de la costa mediterránea y atlántica meridional (región de Cádiz) hacia el interior.
Polýbios fue el primer investigador que siguiendo a su amigo Scipio pisa tierras de la meseta central con ocasión de las largas guerras numantinas (fecha de la caída de Numantia, 133 a. de J. C.). Artemídoros y Poseidónios estudiaron ciertos fenómenos físicos en Cádiz, y aportaron noticias sobre la Baetica. Asklepiàdes de Mýrleia se establece en Andalucía como gramático y escribe un libro sobre sus pueblos. Cuando Strábon, en el reinado de Augustus, redacta su famosa Geographiká (libro III, Ibería), aprovecha los datos suministrados por estas cuatro grandes mentalidades de la ciencia helenística. Pero las escasas informaciones recogidas de la región noroeste (Galicia, norte de Portugal, Asturias, Cantabria) indican claramente que para la disciplina geográfica esta zona de la Península era todavía en gran parte "terra incognita".
Pocos decenios más tarde cambia ya el aspecto de las cosas. El mapa (Orbis pictus), que en tiempos de Augustus dirige Agrippa, y hace pintar en una de las paredes del "Porticus" de Vipsania Polla su hija, en Roma, y la Chorographia que acompañó, como texto explicativo a dicho mapa, obra anónima para nosotros, no dejó de influir directa y eficazmente en los escritores geográficos de su tiempo, dos de los cuales fueron Mela y Plinius el Viejo. En todo caso éstos demuestran conocer mucho mejor que Strábon las cosas del norte y del noroeste de España. Por lo demás, y pasando por alto otros autores de los cuales apenas si conocemos los nombres y el contenido de sus libros geográficos, el hecho evidente es que hoy por hoy, ateniéndonos a lo conservado, los tres primeros tratados sobre la Península son el de Strábon, en griego, y los de Mela y Plinius, en latín; para el mejor conocimiento de España durante el resto de la Antigüedad Clásica, a estos tres importantísimos tratados ha de añadirse el de Ptolemaíos, un siglo posterior, que nos legó unas famosas tablas geográficas de suma importancia en la Geographiké Hyphégesis (Indicatorio geográfico). La obra de Mela es un simple epítome de carácter escolar, pero la de Plinius es una verdadera enciclopedia de las ciencias naturales; fue redactada a mediados del siglo I d. de J. C. y contiene numerosas noticias sobre España. La de Ptolemaíos, a su vez, ofrécese como una seca enumeración de localidades con su longitud y latitud calculada matemáticamente en grados y minutos; pero a cambio de esta sequedad presenta el incalculable interés de darnos un cuadro casi completo, con gran número de topónimos, circunscripciones tribales y administrativas, de la España de su tiempo o poco anterior. Ptolemaíos, en efecto, es un puro geógrafo matemático, que utilizó en Aklexándreia, donde escribe, hacia el reinado de Antoninus Pius (mediados del siglo II de la Era), el ingente material acumulado en tiempos de Traianus por el geógrafo judío, ya citado, Marínos de Týros, quien se propuso, sin que lograra ver su fin, el levantamiento de un planisferio completo, para el cual se sirvió de los informes acumulados en su tierra, en Fenicia, siglo tras siglo. De los cuatro grandes tratados acabados de enumerar (los de Strábon, Mela, Plinius y Ptolemaíos), el que hoy día ofrece un interés puramente geográfico matemático mayor es, sin duda, el de Ptolemaíos. Pero en cambio no puede compararse en amenidad y en interés con el de Strábon, escrito siglo y medio antes, en el cual, al lado de la noticia de índole estrictamente geográfica, vemos no pocas veces otras que hoy calificaríamos de "geografía humana" o de "geografía histórica" y hasta de "geopsique".
Estos cuatro autores, Strábon, Mela, Plinius y Ptolemaíos, constituyen la base en que descansan los conocimientos geográficos de la España Antigua. A ellos podían añadirse los "itinerarios" (tan interesantes como fuente geográfica, complemento en muchos casos de los tratados antes dichos), y en su última instancia la Ora Maritima de Avienus, escritor del siglo IV d. de J. C., que acumuló en su poema geográfico (conservado sólo casual y afortunadamente en la parte que se refiere a España y algo más) el saber, más que de su tiempo, de épocas remotísimas, que según parece alcazan, juzgando por la vetustez de ciertas noticias y de los autores que cita, no sólo el siglo V a. de J. C., sino aún mucho más lejos. Pero si bien en estos documentos (Ptolemaíos, itinerarios y poema de Avienus) halla el erudito campo propicio para sus investigaciones, es verdad también que para el lector no especializado carecen de interés por flatarles amenidad y brillo expositivo.
El libro que el lector tiene en sus manos recoge sólo la obra completa, referente a España, del primer pilar bien conocido de la geografía antigua, es decir, la de Strábon, amplia visión de España, escrita poco antes de la Era, en la que vemos desfilar ante nuestros ojos países, ciudades, pueblos, gentes y costumbres de una España de hace más de dos mil años. Strábon nos da una imagen bastante cabal de lo que fue nuestra patria poco antes del comienzo de la Era actual. No habrá lector español, y serán muy pocos los americanos de habla española, que no encuentren en sus páginas una respuesta más o menos amplia a la pregunta curiosa de cómo era su región, su pueblo, sus paisanos, su monte, su río o su campo allá en los tiempos de Augustus, lejos ya de nosotros en más de dos milenios. En este raro y magnífico legado de la Antigüedad hallará cualquier español o americano oriundo de España las más viejas noticias de su raza, los más viejos pergaminos de su estirpe, y en muchos casos sentirá vibrar cierta emoción al ver que, al cabo de tantos siglos, sus ciudades, sus campos, sus ríos y sus montes siguen llamándose de un modo igual o casi igual que antaño, cuando, como se suele decir ponderando la vejez de una cosa, y esta vez sin exageración, Cristo andaban por el mundo.
Al leer en las páginas de Strábon los nombres de Tágos, Doúrios, Ánas, Mínion, Íber, Soúkron, Ouákoua, Moúndas y tantos otros, ¿quién no adivinará en ellos los viejos nombres casi actuales de los ríos Tajo, Duero, (Guadi)Ana, Miño, Ebro, Júcar, Vouga y Mondejo, que cruzan toda la Península? ¿Para quién no es evocación de viejas supervivencias el ver, o mejor descubrir, que en los nombres de Kármon, Kórdyba, Nábrissa, Málaka, Gádeira, Ábdera, Emérita, Ástigis, Kaípion, Sagoúnton, Skombraría, Empórion, Diánion, Dertóssa, Ílerda, Baliarídes, Kalágouris, Pallantía, Pálma, Ébyssos, Polentía y tantos más, se encierran claramente los de localidades actuales que llevan casi el mismo nombre: Carmona, Córdoba, Nebrija o Lebrija, Málaga, Cádiz, Adra, Mérida, Écija, Chipiona, Sagunto, Escombrera, Ampurias, Denia, Tortosa, Lérida, Baleares, Calahorra, Palencia, Palma de Mallorca, Ibiza y Pollensa? ¿Qué gallego no experimentará cierta emoción al ver que los griegos les llamaban ya (tomándola del nombre propio con que ellos se conocían a sí mismos) "kallaikoí"; es decir (pronunciándolo aproximadamente como entonces pronunciaban los griegos), "kalekí" (en plural) y "kalekós" (en singular)? Y los nombres griegos de "ástyres" o "ástoures", ¿no son los mismos que los astures o asturianos actuales? ¿Quién no ve en el nombre de Pyréne a los mismos Pririneos?...
Estas semejanzas, no exentas a su vez de matices de un cierto cariz exótico y remoto, son las que hemos querido destacar en nuestra versión, conservando, en lo hacedero, el aspecto propio de tales testimonios que, sobre estar escritos hace dos milenios, fueron redactados en una lengua ya muy distante, en formas y espíritu, de cualquiera de las actuales. En ello he puesto precisamente especial atención, pues creo es tarea muy importante en toda traducción el conservar en lo posible el carácter peculiar de tiempo y ambiente de la obra traducida.

ESTRABÓN.------------------------------------------------------------ INICIO.